Ficción en el Campo Mexicano

campesinos pobres en Mexico

Por Roberto Ramírez Rodríguez

La brecha entre países pobres y ricos es un proceso económico y comercial que cada día se ahonda más. ¿A qué puede atribuirse este hecho donde algunos pueblos han logrado niveles de desarrollo insólito en el mundo y  otros -los más- mantienen situaciones inaceptables de pobreza o dependen económicamente de los países que todo lo tienen?

Muchos estudiosos de esta problemática se han ocupado, cada uno desde su especial punto de vista histórico, científico o sociológico, en investigar este fenómeno económico que empeora trágicamente entre naciones. Las conclusiones obtenidas de estos estudiosos, son determinantes: los países pobres continuarán siéndolo mientras siga existiendo la dependencia económica y comercial con los países ricos.

En todos los tiempos, el desarrollo económico de la humanidad se ha dividido en varias etapas; por ejemplo, en una de ellas, el mundo vivió el despertar de la Revolución Industrial inglesa a partir de 1750. En esa parte de la historia, afloró el progreso tecnológico que trajo como consecuencia una filosofía empresarial que benefició económicamente a una minoría y empobreció a la mayoría, los más necesitados.

Por otro lado, y en el mismo sentido, las ideas económicas de los siglos XX, y principios del XXI, se distinguieron por la liberación de las energías comerciales de los países ricos aparejadas con un desarrollo tecnológico y electrónico inesperado; su exagerado dinamismo fue aprovechado para ahondar el rezago económico de los pueblos oprimidos. En esta etapa, además de la capacidad imaginativa comercial de las naciones y la apertura de enormes mercados en el mundo, vino el derrumbamiento del agro en los países pobres.

En México, país pobre, muchas generaciones aún recuerdan el florecimiento del campo y el arraigo de los campesinos por sus tierras. Para ellas, que vivían en las ciudades, era un deleite ver las imágenes de los extensos sembradíos de caña, naranja, limón, aguacate, mango y otros productos, que cubrían con su sombra la tierra cultivable. Recuerdan el reverdecer de los campos, las hortalizas repletas de vegetales y la mujer campesina llegando a pueblos y ciudades con sus canastas repletas de legumbres para venderlas en los mercados o, al paso por las calles, en las casas de los moradores.

Pero, de repente, todo eso se acabó. Miguel de la Madrid y los presidentes de México que lo siguieron, sobre todo Salinas, se pusieron hacer cuentas alegres con sus técnicos sobre las bondades de la nueva etapa de la globalización. Sacaron en conclusión que era más barato para el país importar los productos del campo que cultivarlos. De ahí nació una nueva regla impositiva del comercio internacional de los países desarrollados: vender sus productos agrícolas a los países pobres. Cálculo de ventajas para el vendedor y la quiebra del campo para los países pobres, en este caso para México.

Desde luego, con estas cuentas de pizarrón, a los estudiosos de Harvard se les olvidó considerar que, con esta medida, las naciones pobres no sólo perderían su mercado interno sino también la mano de obra de millones de campesinos mexicanos. Se les pasó considerar la movilización social de los pueblos, la falta de trabajo y la enorme ola humana que saldría de México: el inicio del éxodo de la gente del campo.

Los presidentes mexicanos no calcularon la desocupación masiva de los campesinos ni el abandono de la infraestructura del agro que pronto se convertiría en chatarra. No consideraron que, con esta medida, consolidada en el gobierno del presidente Salinas, inventor y propagador de falsas noticias económicas y comerciales, iniciaría un proceso migratorio exagerado del campo a la ciudad, u otro país, que ha dejado en el abandono al agro mexicano, provocando caos urbanos en las ciudades y el beneficio a los cultivos ajenos, sobre todo de los Estados Unidos.

Con este desenlace, en México inició en el campo una etapa de ficción: no llegó la prosperidad anunciada pero si la imagen de la prosperidad a través de los medios informativos, en especial  de la televisión, creando un sentido imitativo de la riqueza en el campo. Es decir, para los pobres campesinos, los que se quedaron y se fueron, sólo les quedó ver en imágenes las promesas de bienestar de los gobernantes.

Mientras que México sigue metido en un remolino de sueños, discursos y promesas, algunos países de Latinoamérica han dejado de importar y se han dedicado a sembrar y vender sus productos en el mercado, nacional e internacional, alcanzando un índice de crecimiento hasta del 4.5%.


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