Jalapa, entre dos Mundos

Roberto Ramírez Rodríguez

Al concluir la Segunda Guerra Mundial los gobiernos de los países capitalistas, en busca de la paz y el negocio, consideraron que era necesario un sistema económico mundial que mantuviera el orden social en una humanidad que crecía mucho, estremecida por la guerra y dividida por una enorme brecha económica entre ricos y pobres.

     La responsabilidad de esta fórmula anhelada fue entregada a Maynard Keynes, economista británico, que postulaba que para salir de la crisis económica en la que estaba inmerso el mundo sólo había un camino: que los países administraran sus propias economías con base en el trabajo y mucho dinero.

      Después de esta decisión, el mundo empezó a escuchar el eco de los tambores saludando la llegada de la revolución keynesiana, dirigida por el mago británico, que abría las puertas de los bancos con sólo un dedo  para otorgar préstamos con créditos blandos a los gobiernos municipales. A partir de entonces, las ciudades empezaron a florecer con la obra pública, la modernización de las ciudades y la creación de industrias. Las semillas en los campos reverdecieron. Muchas ciudades de América Latina y de México se interesaron por los programas.

      Jalapa, como otras ciudades, anunció su modernización. Requería caminos, puentes y edificios públicos. Agua potable y drenaje. Apoyo a la ganadería, la agricultura y la cultura. Sin embargo, había que empezar por el principio: un nuevo trazo urbano para la ciudad. Era lógico; hasta la vieja ciudad llegaba el rumor de la llegada del veloz automóvil. Así, se pensó que las calles angostas de la época colonial, proyectadas para el paso de carretas y diligencia, había que ampliarlas para crear largas y anchas avenidas por donde transitara la novedosa máquina. Los técnicos empezaron a dibujar el nuevo plano de la ciudad con proyectos donde se contemplaba la ampliación de nuevas calles y, con líneas rojas, marcaban nuevos alineamientos entre la propiedad privada y las calles.

     Todo marchó bien hasta principios de los años setenta del siglo pasado. Pero, de repente, todo se paralizó. La etapa de la revolución keynesiana concluyó drásticamente. Muchos proyectos quedaron suspendidos. Sin embargo, el crecimiento insólito de la población mundial continuó. Los índices de pobreza y desempleo aumentaron considerablemente.

      Nuevamente sonaron los tambores: los países poderosos habían decidido, por la paz y el negocio, postular mundialmente que el mercado global era la única fuente de riqueza en el mundo. La responsabilidad de este nuevo método le fue dada al estadounidense Milton Friedman, Premio Nobel de Economía.  

     A partir de entonces, el mundo cambió. Se propusieron Tratados comerciales entre países, se abrieron fronteras para tal fin y se oficializó la globalización, o sea, la interconexión de las economías del mundo en una misma red. Con este nuevo sistema, quedó claro que la misión de todos los seres que habitamos en este mundo era el comercio. La humanidad sufrió el mal de la fiebre comercial: las ciudades se llenaron de plazas comerciales, las casas se convirtieron en comercios y los jóvenes se convirtieron en comerciantes.

    La humanidad empezó a caminar con serias contradicciones: el petróleo se convirtió en una moneda de cambio afectando la soberanía de varios países. La gente, convertida en un ser consumista, soñaba en comprar o vender; soslayó su atención de los problemas de su país. Entre los habitantes, apareció la indiferencia, egoísmo y se perdieron nuestras costumbres y nuestro modo de ser.

     Keynes dejó a muchos jalapeños desesperados por la línea roja que marcaba las ampliaciones en las calles; actualmente viven con un pie dentro de sus propiedades particulares y con el otro en la calle. El proyecto aún no concluye.

    En cambio, el mercado de Friedman, convirtió al mundo en una gran tienda, los gobernantes tejieron relaciones con empresarios y terminaron siendo sus empleados que atendían a millones de marchantes.

    ¿Y ahora qué hacemos para deshacer el nudo permanente, resistente y añejo, de corrupción, pobreza y abandono, qué nos trajeron los métodos del sistema capitalista? Nada, no podemos hacer nada, mientras sigamos creyendo en los engaños de  los magos financieros ajenos a nuestra idiosincrasia y de los gobernantes que siguen mandando, como lo han hecho, bajo la directriz de los países poderosos, durante más de medio siglo.

    

 

 

 

 

 


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