Jerusalén : Tres veces santa pero muy conflictiva

POR LA ESPIRAL

CLAUDIA LUNA PALENCIA

            Conquistada y reconquistada: Jerusalén tiene la extraña  peculiaridad de un ser un sitio histórico confluencia de intereses religiosos, ideológicos, culturales pero también económicos, y que han marcado el sino de la Historia Universal.
            Hace unos años, realicé un viaje a la llamada Tierra Santa, lo inicié por Haifa, Jerusalén, Belén hasta llegar al Río Jordán y el Mar Muerto (recuerdo en especial la explosión en ese momento de la industria cosmética ligada con las supuestas bondades naturales de la salinidad de las aguas) y también ver el puerto de Haifa con buques de guerra.
            En 1999, en las calles se transpiraba la difícil convivencia entre palestinos y judíos, en la columna vertebral del monoteísmo no logran entenderse los Montescos ni los Capuletos; hay un odio mutuo mamado desde la cuna.
            En aquel entonces las restricciones del paso de los palestinos ya pasaban por  diversas vallas y puestos de control distribuidos en Belén,  los judíos lo hacían con el  pretexto  de la seguridad; aunque a decir verdad, poco a poco,  se fue gestando desde la creación el 14 de mayo de 1948 del Estado de Israel (partiendo Palestina) avalado por la propia ONU y los países (pesos pesados)  de la órbita global.
            Poco a poco el nuevo Estado fue tejiendo la estrategia para hacer lo que los propios nazis hicieron con los judíos en Europa: despojarlos de sus casas, de sus bienes, de su dinero, segregarlos metiéndolos en guetos sin llegar al extremo (esperemos que las lecciones históricas dejen un rastro para mucho tiempo) aberrante de los  campos de exterminio y los hornos crematorios.
            Pero repito en 1999 a los palestinos ya les costaba realizar su actividad cotidiana porque había que pasar los puestos de control-revisión israelíes no nada más para ir a la escuela, al trabajo sino inclusive hasta para ir a orar.
            Muy complejo, bastante complicado e imposible restañar los resentimientos palpables entre una parte que dice sentirse despojada de su propio país y de otra con el derecho, inclusive mesiánico, de reclamarla como suya.
            El caso de Tierra Santa no se repite en  ningún otro territorio del mundo: los judíos reclaman ser el pueblo de Sion los primeros antes que ningún otro con privilegios bíblicos para reclamar para sí mismos los territorios santos. Pero también están los católicos -por ejemplo- y por supuesto los palestinos igualmente con sus propios razonamientos y creencias religiosas.
            Yo al menos puedo decir de primera  mano que atestigüe el abandono de barrios acomodados de los palestinos que salieron huyendo porque les hostigaban cortándoles el agua, la luz, el gas y hasta aumentándoles el pago de los impuestos.
            Al punto que muchos han perdido sus casas y sus trabajos inclusive porque quizá hoy el policía israelí de la caseta de seguridad no se le dé la gana dejarlo pasar a trabajar a una ciudad que ve consumada la exclusión palestina.
            La misma táctica Nazi pero con la Biblia por debajo del brazo y el Talmud para expiar los pecados (las malas acciones contra sus hermanos palestinos); y llegamos así a 2017, con asentamientos palestinos forzadamente delimitados por las fuerzas israelíes; cada vez más pobres entre los palestinos, mayores carencias y un cúmulo de dificultades para realizar el día con día.
            Hábilmente se les ha desarmado mientras que el Ejército de Israel, en esa obsesión de “estoy en la mira y seré atacado en cualquier momento” se ha armado y mucho mejor.
            A los jóvenes palestinos se les está condenando prácticamente a vivir en grandes guetos como Cisjordania o Gaza, atándolos a una precariedad de vida ligada a un problema sumamente delicado e incómodo con los israelitas.
A COLACIÓN
            El victimismo derivado de los crímenes de lesa humanidad perpetuados contra los judíos terminó siendo “compensado” con la creación del Estado de Israel. Y ahora, 69 años después, Donald Trump, presidente de Estados Unidos anuncia que reconoce a Jerusalén como la capital de Israel y decide relocalizar geográficamente hablando la embajada estadounidense desde Tel Aviv hasta Jerusalén.
            Pero todo eso pasa porque conviene a los occidentales que la región de Medio Oriente quede en manos de los judíos y de sus fuerzas de Inteligencia. Porque en este mundo recordemos unos son “los buenos” y otros son “los malos”. Nada más que los relatos históricos son bastante manipulables.
            Y tampoco es casual: el presidente Trump sabe que este es un momento ideal porque el mundo árabe y del Islam está más desunido, debilitado y fragmentado que nunca. Además los rusos y los chinos tienen tantos frentes abiertos que esto se ha convertido en el juego de la matatena y Trump se la quiere llevar una por una.
Directora de Conexión Hispanoamérica, economista experta en periodismo económico y escritora de temas internacionales
@claudialunapale
 
 

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