La gran Mentira

Roberto Ramírez Rodríguez

En ésta última década a muchos historiadores les ha dado por desenmarañar Historias oficiales; de los párrafos históricos hacen brotar cuentos, leyendas, historietas, anécdotas u otras historias sobre héroes o protagonistas de hechos consumados. Amplían, reducen o crean historias sin historia.

    Con este enfoque, podríamos decir que la Historia de la Creación del Universo se ha desarrollado bajo varios puntos de vista. La misma historia, contada por religiosos, científicos e indígenas, tiene muchas concepciones sin dar respuestas a las preguntas eternas de la humanidad: cómo y cuándo nació el mundo. ¿ De dónde venimos y hacia dónde vamos?.

     En otro sentido, en los mercados culturales, hay muchos libros en venta con el tema de la muerte de Adolfo Hitler en Berlín; sin embargo, de sus líneas han aflorado nuevos capítulos que dieron forma a nuevas ediciones que han trastocado la verdad histórica. Algunos estudiosos afirman que, antes de concluir la Guerra Mundial, el líder del fascismo, partió en un submarino rumbo al continente americano donde vivió escondido durante muchos años.

     Es el mismo caso del Che Guevara; si en Bolivia no le hubieran cortado las manos para asegurarse de que estaba muerto, actualmente no faltaría algún historiador afirmando haberlo visto vagando, como fantasma en la selva boliviana, dirigiendo una guerrilla.

    Hoy día, corre por el mundo un episodio histórico considerado como la gran mentira de todos los tiempos. Un historiador salvadoreño refiere que Maximiliano de Habsburgo obtuvo el indulto del presidente Benito Juárez y dedicó su larga vejez al comercio en El Salvador. Al perdonarlo, Juárez le pidió al encarcelado imperial esconderse en algún rincón del mundo y que nunca revelara su identidad. Juárez, que era masón, respetó el código de conducta de la masonería y dejó con vida a Maximiliano que, según esta historia, era masón.

     Maximiliano le cumplió a Juárez. Adoptó el nombre de Justo Armas, se escondió en El Salvador, Centroamérica, y se dedicó a preparar banquetes servidos en finos platos de porcelana, cubiertos de oro y plata grabados con un discreto escudo imperial de Maximiliano.

    La gente saludaba afectuosamente a don Justo en las calles y casas de El Salvador. Llamaba la atención que andaba elegantemente vestido pero descalzo; cuando le preguntaban por qué caminaba así, siempre contestaba lo mismo: es una promesa al Creador por haberme salvado la vida durante el naufragio del barco que me traía a El Salvador. Pero, ¿de dónde venía? Le insistían. Contestaba: de más allá del horizonte donde los barcos se van perdiendo o naufragan, contestaba.

    Don Justo tenía un parecido increíble con Maximiliano. Sólo le faltaba vestir como rey para dejar de ser el otro: usar capa gris y roja, el pecho condecorado y la seriedad autoritaria del monarca estampada en su rostro, para poder decir: ahí va el emperador caminando sin zapatos. Según el historiador, el emperador vivió en El Salvador hasta su muerte, en 1936. Cuento apasionante e increíble, propio de una novela fantástica.

     De Maximiliano hemos escuchado una cantidad enorme de cosas sobre su vida. Sabemos de sus aficiones sexuales. De un supuesto hijo con una de sus cocineras. Que le sacaron los ojos luego de su fusilamiento y se los mandaron a Carlota que enloqueció al verlos. Más todavía: el investigador afirma que su madre, al recibir el cadáver del emperador, afirmó que no era su hijo. Las madres no se equivocan nunca, afirma.

   Historia singular. Aunque hubo gente que testificó los momentos del fusilamiento del emperador, otros testigos afirman que este personaje apareció un buen día, a finales del siglo XIX en El Salvador.

    Don Justo, dicen, cumplió los deseos de Juárez y el historiador comenzó a narrar la gran mentira, sin serios fundamentos históricos, que vaga por el mundo.


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