La Risa en las Elecciones

 

Pico de Orizaba south of Xalapa, Veracruz

Por Roberto Ramírez Rodríguez

Jalapa, la Capital del Estado de Veracruz, llena de basura,  faltos drenajes e insuficiente agua potable para una población que ha crecido mucho, se abrió a la política: su territorio, dividido en urbano y rural, es la sede anunciada de una lucha electoral entre varios candidatos de diferentes partidos políticos.

La ciudad anfitriona, con una endeble economía, se ve triste. Las fachadas de las casas y edificios están sucias. Hay mucha gente sin empleo; entre ellas, comentan su desamparo social y económico bajo la sombra de árboles frondosos en los parques públicos. Muchos jóvenes han abandonado la ciudad y el campo, en busca de nuevas expectativas laborales. Técnicos y  profesionistas han emigrado a otras ciudades. La escolaridad general, entre niños y jóvenes, es baja e interrumpida. No hay trabajo en la ciudad sede. Destaca la violencia en las calles: robos, asaltos y crímenes. Crece la prostitución. Para subsistir económicamente, muchas familias jalapeñas están dedicadas a los trabajos manuales en sus hogares: venden paletas, antojitos y gelatinas. Cosen ajeno y dan clases de matemáticas.

El abandono social de la gente es notorio. Sin embargo, es peor el desánimo de los habitantes por la falta de un orden urbano. Las banquetas de la ciudad están intransitables; los peatones, sobre todo ancianos y niños, tropiezan, resbalan y caen en las aceras. Los arroyos de las calles están llenos de hoyos que atrapan a los automóviles. No hay luz eléctrica en las colonias. En las esquinas de calles y avenidas no hay suficientes semáforos peatonales que ordenen el cruce de hombres, mujeres y ancianos; tienen que correr para salvar el paso de agresivos automóviles. La vialidad urbana es insoportable. El ruido de motores y cláxones contaminan el ambiente. El aire apesta a gasolina. Miles de taxis son conducidos por jóvenes inexpertos.

No hay orden en la ciudad de las flores. Los jardines de los camellones no florecen. Los árboles están enfermos; al secarse, caen sobre automóviles y peatones. Las autoridades anuncian obras que no cumplen. Los ríos negruzcos que atraviesan la ciudad trasmiten enfermedades a los vecinos que trabajan con la fiebre atada a su ser.

Caminando por las calles del poblado se observan, en las azoteas de algunos edificios estratégicos, movimientos inusuales de obreros que arman estructuras ligeras de hierro donde colocarán enormes fotografías de los candidatos de diferentes partidos con sus propios lemas políticos. Lo que llama la atención de estas fotos espectaculares, a todo color, es que casi todos los candidatos (as) tienen una permanente risa estampada en su rostro. Desde luego, fotos bonitas con alma incolora.

Todos sabemos que la risa, esencialmente humana, suele expresar bienestar y alegría, más si va acompañada de una prolongada carcajada que lleva, al que se ríe, a un mundo de alivio íntimo y anímico. Busco un ejemplo y no lo encuentro; sin embargo, me brotan varias preguntas: ¿de qué se ríen los candidatos en las majestuosas fotografías? ¿Cuál es el misterio que envuelve su risa? ¿Realmente se ríen con la gente o de la gente? ¿Les dará risa el calor que llegó con anunciados granizos? ¿Se ríen por qué están arriba del edificio y la gente abajo en la calle?

¿Se reirán a sabiendas de que si triunfan las cosas seguirán iguales? ¿O su risa congelada será el principio de una carcajada al ver que los pobladores seguirán comiendo puras promesas, oliendo el agua apestosa de los ríos o brincando de calle en calle como chapulines? ¿O se reirán de qué un indispensable Plan Urbano, por el que tendrían que legislar los diputados, jamás será aprobado o aplicado en todas las ciudades del país?

Todos sabemos que si un candidato -de izquierda, derecha o  centro- gana la elección, de inmediato perderá su independencia política porque, históricamente, seguirá dependiendo de un jefe político en la Cámara o del partido que lo postuló. A partir de ese momento, el diputado dejará de ser el sonriente candidato para convertirse en un silencioso diputado de nuestro Sistema Político en plena decadencia. Con esa transformación, que da risa, siempre ha llegado el desánimo político y social de la gente.

Podría decirse que esta situación es una parodia electoral que se presenta cada tres o seis años y que ha provocado, entre risas y carcajadas, el crecimiento del abstencionismo, corrupción e impunidad, en la que está sumida la clase política del país.

A pesar de su renovación, el proceso electoral actual continúa siendo la misma maquinaria obsoleta que no garantiza imparcialidad en los comicios. Hoy día, existe la sensación popular de que los problemas de México –violencia, desigualdad económica, corrupción y y conflictos de intereses- no se resolverán nunca; al contrario,  seguirán igual o peor. Si esto fuera así, los electores se reirán de los que se ríen, risueños candidatos de los que deseamos independencia de acción, ideas progresistas y compromisos populares.

    

 

 

 

 

 

Deja un Comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*