La Visita Eterna

 Por Roberto Ramírez Rodríguez

El próximo domingo, el imaginario popular celebrará, como cada año, el Día de los Muertos. Como siempre, habrá una gran fiesta, un encuentro fraternal entre los seres que se han ido de este mundo y los seres vivos, anfitriones del encuentro. La festividad iniciará en la madrugada del día 2 de noviembre y concluirá en la desvelada noche que sigue. Desde luego, puede prolongarse; todo dependerá del estado de ánimo de los difuntos que irán llegando del más allá, un mundo lejano donde viven felizmente.

Pero, ¿dónde se encuentra ese lugar? Nadie lo sabe; sólo pueden dar razones de su existencia los que viven en él. Vivir ahí, como en cualquier ciudad de los vivos, tiene sus reglas; una de ellas, la más importante, es la parquedad con la que deben comportarse guardando comentarios de su reservado territorio. Todos saben que el extinto ser que cometa la indiscreción de decir la ubicación de su mundo sufrirá un castigo ejemplar: será lanzado a las profundas cavernas del infierno donde padecerá el sufrimiento del ardor eterno, parálisis de la mandíbula, convulsiones y rechinar de dientes. Por eso, y otras cosas más, todos los muertos cuidan el secreto; sin embargo, como sucede en el mundo de los vivos, hubo un muerto lengua larga que en una pasada festividad de cualquier año, considerando que en su tierra no hay tiempo ni espacio, comentó a su familia cómo y por dónde había llegado a la Tierra convertido en mosca.

Por culpa del difunto indiscreto, que aún permanece retorciéndose entre las llamas del fuego eterno, se sabe que el ser que ha salido de este mundo regresa a la festividad a través de un largo y angosto túnel cargado con energía del espacio cósmico, parecido al pasaje subterráneo por donde se arrastran los gusanos en busca de alimentos.

Hace unos cuantos años, el alto índice de muertos que volvían a la fiesta bajó mucho pero, con el aumento desmedido de la población, crímenes y desaparecidos forzosos, se espera un aumento considerable en las visitas. Obviamente, faltaría incluir en las estadísticas los que mueren por hambre o los que se consumen preocupados por la falta de un empleo. Por eso, se calcula que el presente y tradicional encuentro será intenso; hasta perder la razón. Así que, a partir del domingo, más y más muertos vendrán del misterioso mundo.

En su andar puntual de cada año, muchos visitantes espaciales tratarán de llegar por la única vía que existe; no obstante, la ruta será insuficiente, lenta, resbaladiza y pegajosa, sin que haya manera de aligerar el penoso tráfico. Por esa razón, numerosos muertos llegarán tarde a la cita, los altares se quedarán con la mesa puesta y la gente entristecerá por la ausencia de los seres amados que viven en el más allá.

Sin embargo, los que lleguen temprano al festejo, convertidos en moscas o mariposas de colores, disfrutarán del suculento banquete, los licores preferidos y los cánticos entre nubes con olor a incienso. Las visitas se llevarán regalos. Reirán y recordarán los momentos agradables que pasaron juntos con los vivos. Ambos, se perdonarán sus pecados.

Esta antigua y eterna leyenda, promovida por jerarcas religiosos a través de rezos, estampas religiosas y coros angelicales, ha prevalecido en el pensamiento del hombre por los siglos de los siglos.

A pesar del crecimiento excesivo de la población,  del imponente avance del conocimiento, la ciencia y la tecnología; de las guerras, enfermedades exóticas y de los secuestros macabros del hombre por el hombre, no se ha perdido la celebración del Día de los Muertos ni su dimensión histórica.

Al contrario, antes y después de esta reunión, los vivos cavilan: ese día especial, dicen, es como un sueño que no se esfuma; una quimera que va alcanzando proporciones realistas en un país pobre y desamparado donde se confunden vivos y muertos; no se sabe quienes son unos y otros: ambos penan por todas las tierras.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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