Las Reformas y la Ola que viene

                                  Por  Roberto Ramírez Rodríguez

Hace apenas unos días, en un multitudinario evento llamado Unidad para la Transformación de México, los militantes del PRI ratificaron su apoyo al presidente Peña Nieto quien, en su discurso, afirmó que nuestro país debe estar consciente de no caer en el populismo y la demagogia con sus soluciones sorprendentes que sólo empobrecen a las familias.

Por lo destacado del evento, como todos los que ha realizado el PRI durante su larga historia, estuvieron presentes connotados priistas, gobernadores, secretarios de Estado, diputados y muchos jóvenes que, formados bajo el pensamiento de las viejas raíces políticas del partido, con sus hábitos, estrategias, prejuicios y mañas de siempre, escuchaban y celebraban con porras la arenga presidencial.

Sin embargo, las cosas no salieron como los dirigentes partidistas deseaban que salieran. Es decir, en lugar de celebrar una fiesta triunfalista con espíritu reformista, los priistas tuvieron que conformarse con un acto protocolario cerrando filas alrededor del presidente. Así entonces, el evento político, no fue el mejor momento del presidente ni de su partido. Ese día amaneció nublado; pesaron más las sombras de las noticias de la espectacular fuga de El Chapo, la devaluación de la moneda mexicana y la baja del precio del petróleo, que la fiesta de la Unidad partidista.

Además, en el ensombrecido ambiente político, sobresalió el informe de Coneval -Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social-: en el país, cuando menos en estos dos últimos dos años del gobierno de Peña Nieto, el número de pobres creció de 53.3 a 55.5 millones. Es decir, uno de cada dos mexicanos se encuentra en situación de pobreza. O sea, la industrialización planeada por el gobierno convirtió a México en una fábrica que produce, anualmente, un millón de pobres.

En todo este tiempo, el gobierno se ha dedicado anunciar el aumento del empleo. Un insuficiente esfuerzo que ha llevado al trabajador, además del desgaste de sus labores cotianas, a una lucha agobiante ante el poder adquisitivo de la moneda pues su paga no alcanza para salir de la pobreza.

Es preocupante lo que está pasando en México.

Se duele el profesionista, trabajador, ama de casa, estudiante, campesino, de la falta de empleo. El discurso oficial no satisface a la gente. Suelta sus frases preferidas, entre ellas: vamos bien; no pasa nada. A pesar de este pensamiento de falso aliento tranquilizador crece la pobreza, la violencia y el desempleo. No se vislumbra una solución adecuada a lo que estamos sufriendo: tal parece que vivimos sobre un manto de arena movediza que mientras más se mueve la población en busca de un trabajo más se hunde.

El gobierno apostó a las reformas económicas, educativas y sociales, sin embargo, no han funcionado. No se ven beneficios sociales y económicos a favor de la población. La política social es un paliativo de solución: actualmente hay 28 millones de seres que se van a dormir con hambre. Pero, en lo que sí está de acuerdo la población es que nada se soluciona ni se solucionará hasta que crezca la economía mexicana. Y eso está lejos.

La pobreza no nació de un proceso de generación espontánea. No nació de la nada; al contrario, se fue formando por la falta de conocimientos de los gobernantes, ineptitud, corrupción y el deterioro de las fuentes de trabajo. La ola de la pobreza inició arrasando a la clase baja y, hoy día, está afectando considerablemente a la clase media. Ya toca el filo del territorio de la clase rica. El día que la violenta ola toque las tres clases sociales juntas –baja, media y alta- saldrán chispas que incendiarán todo. Es más, en la actualidad, cualquiera es vulnerable de caer en pobreza.

¿Hacia dónde vamos? Vivimos en un país de discursos. La gente se ha transformado. No cree y busca en el protagonismo la solución ante sus hijos y amigos. Hay confusión. La política social y económica está prostituida.

Si seguimos actuando como si nada pasara, fabricando niños pobres, jóvenes sin trabajo ni estudios y adultos mayores que no alcanzan su jubilación, algo pasará que los gobernantes no quieren ver. Si continúan las graves carencias sociales, si se acentúa la miseria y si sólo tenemos puesta la mirada en el desarrollo macroeconómico, vendrán días y años cubiertos por las tinieblas.

 

 

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