México : Asesina, Diosa Madre Tierra

CIUDAD DE MÉXICO, 19SEPTIEMBRE2017.- Tras el fuerte sismo que se sintio en la capital una joven yace encima de los escombros de un edificio que colapsó tras el sismo de 7.1 escala de richter.
FOTO: ADOLFO VLADIMIR /CUARTOSCURO.COM

 

13:14 horas, sismo de 7.1 grados, devasta ciudad de México

 

–Mayor credibilidad al drama en redes sociales que en televisión

 

–Dolor, enojo y hartazgo contra el corrupto “supremo gobierno”: PRI

 

Jesús Yáñez Orozco

 

“Somos manos que alcanzan otras manos, ruinas en silencio de gritos colapsados, puños hacia el alba de un pueblo que florece en el escombro.”

 (@Javier Tinajero R. Twitter difundido en la columna Dinero del diario La Jornada).

 

Ciudad de México (CIRCULO DIGITAL).- Lloré, como nunca había pasado, en 40 años de oficio reporteril, antes de redactar una información. Lágrimas, plomo acuoso, estallan en el piso en un grito autista, sordo, que nadie escucha. Perforan el corazón y también la razón. Estruendoso silencio. Plegaria por una ciudad hecha jirones. Amortajada coraza de dolor.

Numeralia mortuoria: 233 muertos la cifra preliminar del sismo de 7.1 grados.  Como hace 33 años, espejo de total desamparo, aparece una leona dormida: la sociedad civil.

Es, pienso, antiperiodismo escribir en primera persona.

Esta vez se justifica.

Y me lanzo al abismo de la pantalla en blanco. Otra forma de estático temblor interno: miedo.

Imposibilitado por sumarme a las cuadrillas de rescate o cadenas de labor humanitaria, el albergues y centros de acopio, debido a que mi madre, 83 años de edad, con un agudo problema cardiaco –bradicardia, es el término médico— está temerosa de la réplica.

Encadenado a su miedo –y en busca de exorcizar el mío— trato de serenarla durante tres días ante las imágenes desoladoras en el televisor. Le aterra que viaje a la ciudad. Todos estamos hipnotizados frente a la pantallita. Alma en vilo. Angustia asida en las manos cerradas.

Como cuando los rescatistas, sobre el mar de escombros, levantan el puño derecho cerrado en señal de silencio para escuchar si hay alguien con vida.

Simboliza callado grito de esperanza.

O cuando la poderosa Televisa, creó la expectativa, de la mano de la Marina Armada de México, de que la niña Frida Sofía, 12 años de edad, estaba con vida bajo las ruinas de la escuela Enrique Rébsamen. Que, a la postre, resultó falsa. Y tuvo al país 48 horas en desosiego y  lágrima viva.  Hay indignación. Son 300 alumnos. De 100, al principio, nada se sabe.

Corre la versión, en redes sociales, reguero de pólvora, que el verdadero dueño de la escuela es monseñor Norberto Rivera Carrera, Arzobispo de la catedral Metropolitana, en Ciudad de México. Está acusado de proteger a curas pederastas.

Son 13:14 horas.

El segundo sismo de septiembre,  7.1 grados en la escala de Richter del 19 –32 años exactos, después del de 1985, letal coincidencia— hace de nuestros cuerpos gelatinas –terremoto de carne y hueso—durante más de 60 segundos. Son eternos. El primero había ocurrido el día 7 y desdibujó tres estados del sureste: Chiapas, Oaxaca y Tabasco.

 

Ambos salimos, tomados de la mano, al patío de la casa. Los ojos de Doña Josefina resumen el miedo del mundo: miran sin ver.  Parecen sin vida. Enterrados bajo sus parpados. No reza. Sólo mira al cielo el oleaje enloquecido de cables sostenidos de los postes de luz.

Miro, impotente, con temor, cómo se bamboleaba la casa en espera de que se desplome. Mas se mantiene en pie. Exhalo largo hálito.

Estamos en una infernal gloria, pienso, cuando, minutos después, viene a mi mente la mamá de un amigo, en terapia intensiva, en el sexto piso de un hospital. Todos los demás enfermos habían sido desalojados tras el movimiento telúrico, comenta luego en un mensaje de texto que me envía.

Vive en el sótano de aquél averno con su madre postrada, quizá inconsciente.

El viernes viajo, 72 horas después, a la ciudad. De Atizapán de Zaragoza, Estado de México, considerada zona conurbada, al metro de Ciudad de México: 90 kilómetros. Otros 90 para cruzar la ciudad, de lado a lado, al sur, al Instituto Nacional de Perinatología, cerca de Ciudad Universitaria, a tramitar mi seguro popular. Es en vano. El servicio está suspendido hasta nuevo aviso.

Tres horas de viaje en transporte colectivo –combi, metro y metrobús– para llegar a mi destino. Otras tres de regreso. La ciudad semidesierta, fantasmal, rota: diosa madre tierra que paridora de dolor y muerte. Rostros contritos. Cruzados de desamparo y desesperanza.

Ulular de sirenas que se convierte en grito ahogado de 20 millones de personas que viven desamparadas en su vientre de cemento.

Ventanas sin cristales de los edificios. Gigantes ciegos. Vacías las cuencas. Rehúsan a mirar el drama.

Las cifras mortales doblegan cualquier acero y quiebran el alma: más de 200. Pensé, iluso, que no volvería a vivir algo similar, después de 1985. Y aún faltan. No se sabe con exactitud el número de desaparecidos.

Diosa madre tierra que mata.

En el trayecto, a bordo del transporte, observo jóvenes –algunos hombres de la llamada tercera edad, como si hubiera una cuarta o quinta— ojos enrojecidos, brillantes en la oscuridad de su cansancio. Empolvadas sus ropas y pelo, como una segunda piel. Mirada perdida en la nada.

Los llamados Millenials se echan al hombro la pesada losa de salvavidas de la ciudad, la más poblada del mundo. Nadie sonríe. Hay zozobra. Deliro cuando creo que los edificios me aplastarán con otro temblor.

Siento que estoy en las exequias de mi ciudad, mientras alterno la información en la pantalla de mi celular y la lectura del libro El Mundo de Ayer, de Stefan Zweig, donde se refiere a la “historia hecha de piedra”.

Y pienso en las pirámides de Egipto, de México, el Coliseo Romano, las ruinas de Machu Picchu, en Perú, las esculturas humanas de la Isla de Pascua…

Pero también la historia es roca rota: mi ciudad donde viví 55 años. Y he sido testigo de dos de los tres sismos que la han hecho dar a luz a la tierra con dolor,  a mis 63 años de edad: 1957, cuando cayó el Ángel de la Independencia, que no recuerdo; 1985, también aciago 19 de septiembre: 7:19 horas. Y el del 19 pasado: 13:14 horas. Dígitos que señalan la hora de una nación quebrantada.

La roca es memoria. O, pienso, también, desmemoria.

Miro una información en mi celular que llega por Facebook que me abstrae de la elucubración. Es una de las múltiples quejas y denuncias  contra la parálisis del gobierno y el presidente de la República, Enrique Peña Nieto. Alarma.

Aparece en la diminuta pantalla con una ortografía y sintaxis que llaman la atención:

Comunicado de Prensa Internacional:

Comunidad Internacional, es lamentable darnos cuenta de lo atascados que han demostrado ser los gobernantes mexicanos a todos los niveles.

El Gobierno dio instrucciones de acaparar toda la ayuda humanitaria donada por particulares para entregarlos de forma institucional, y justificar así el robo del Fondo de Desastres Naturales (FONDEN).

Se hace un atento llamado a la Comunidad Internacional y sobre todo a la Organización de Naciones Unidas (ONU), para que intervenga en contra del Gobierno de México y contra quién o quienes resulten responsables, puesto que México tras soportar inundaciones y terremotos que causaron daños considerables, el Gobierno mexicano saquea lo que el pueblo aporta, e impide la labor de rescatistas nacionales e internacionales, con la única intención de vejar una vez más los derechos del pueblo.

Todo lo anterior, poniendo en peligro incontables vidas al robar de forma literal ayuda que tanta gente necesita, y ordenar además se metan ya las palas mecánicas en los lugares siniestrados y asesinar a quienes pudieran ser sobrevivientes, pero se encuentran aún con vida entre los escombros, negándoles así las 36 horas a las que, dentro de la legalidad tienen derecho para salvar dichas vidas, se ha demostrado en datos históricos que, mucha gente ha aguantado incluso más de 5 días al esperar ser rescatados.

El Ejército, por instrucciones presidenciales ha desalojado a socorristas expertos, así como a ciudadanos voluntarios de ciertas zonas de desastre para impedir se realicen labores de salvamento.
Pero el último párrafo es más significativo. Suena a promesa, no amenaza:

Hago esta denuncia pública para los efectos legales que haya lugar y contra del Gobierno mexicano y contra quien o quienes resulten responsables.

ATENTAMENTE:

Marcela Dávalos Aldape

Presidente Nacional y representante legal único de Democracia Ciudadana.

#FuerzaMéxico
#MéxicoParaLosMexicanos
#MexicanosAlGritoDeGuerra
#MuerteAlMalGobierno

 

Debido a la cantidad de bulos o fake news que corren desaforados por redes sociales busco quién es Marcela Dávalos Aldape. Notas periodísticas y sus redes sociales confirman que es quién dice ser: férrea crítica del gobierno mexicano.

El secretario de Gobernación, poco después, sale al paso. Niega, enfático, ante las cámaras, que se haya ordenado el retiro de rescatistas. Se mantendrán el tiempo necesario.

Hay orden en el desorden.

Parece, pese a toda clase de información que circula en redes sociales, por más dudosa que sea, tiene más credibilidad que la industria mediática, con la televisión a la cabeza.

Se miran varios videos que no aparecen en sus pantallas. El primero donde el secretario de gobernación, Osorio Chong, el segundo hombre más poderoso del país, cuando intenta apoyar labores de rescate es abucheado y finalmente expulsado, con gritos –“¡fuera… fuera!”–  por la sociedad civil.

En el segundo, durante el sismo, se ve cómo salen despavoridos trabajadores y legisladores de la Cámara de Diputados de San Lázaro. No cumplen con el protocolo de guardar la calma y evacuar serenos, caminado.

Literal, huyen como roedores del barco a la deriva.

Hay uno que se hace viral. El testimonio de 40 segundos de una mujer de 94 años que agradece a los rescatistas que hayan salvado su vida en un sexto piso.

“¡Viva México!” exclama con lágrimas, avergonzadas, asomando a sus ojos.

 

“Estoy muy emocionada”, añade con voz temblorosa, efecto de la desazón y el pánico, susto mayúsculo.

 

Hay más: soldado, megáfono la mano izquierda, mientras la derecha hace el saludo, cuadrándose, sobre los escombros, al escuchar el himno nacional, tras el rescate de una víctima:

“… y retiemble en su centros la tierra…”

Se mira otro  militar, metralleta en ristre, enfundado en su uniforme verde olivo. Cuando, reflexiono, debiera portar pala, pico, mazo…, pienso: Balas no matan dolor. Y viene a la mente, irremediable, otra cifra mortal: más de 300 mil decesos en la lucha contra la delincuencia organizada durante el actual siglo.

Desfilan más imágenes, fotos. La del futbolista profesional, Jesús Corona, portero del equipo Cruz Azul y la Selección Mexicana, como incógnito, tras un tapabocas, en la zona de Xochimilco, una de las más dañadas, al sur de la ciudad.

 

Se observa cómo hace cadena humana para retirar escombros con cubeta de plástico.

Hay otra de una mujer indígena, descalza, ropas humildes, que lleva una bolsa de plástico con comida a un grupo de voluntarios en Xochimilco, famosa por sus canales y trajineras, una de las 16 delegaciones que conforman la capital del país.

Cuando la miseria es mucha, el corazón sobra.

Una más, igual de significativa, ejemplar: un joven en silla de ruedas, con un costal de plástico, retira con dificultad cascajo de un edificio siniestrado.

A falta de recursos para llevar comida otra anciana carga en su rebozo, a la espalda, varias prendas de vestir. Una a una, como en un lento acto de prestidigitación, las deposita, con manos cansinas, sobre la mesa con víveres. Una voluntaria le ayuda. No sonríe, Se retira como llegó: sin hablar.

Conforme avanzo, hacia el sur de la ciudad, se mira la devastación. Algunas calles semejan zona de guerra. Bombardeada por aviones invisibles con proyectiles reales.

Arribo a mi destino y constato, descorazonado, que no puedo realizar el trámite de seguro popular. Regreso por el metrobús que cruza toda la ciudad, ahora de norte a sur. Desciendo en Calzada México Tacuba e Insurgentes norte.

Camino frente al metro Revolución a cuya vera hay un manojo de prostitutas, pintarrajeadas. Ropas sugestivas, resaltan voluminosos senos, juveniles hace algunos ayeres, que se afanan en mantener enhiestos, y piernas marchitas. Huelen a perfume barato. A 300 metros de ellas está la sede del PRI nacional.

Sigo mi deambular por el rumbo de San Cosme, cerca de los restos de lo que fue el Árbol de la Noche Triste, donde supuestamente lloró Hernán Cortes, tras una derrota ante los aztecas.

Decido caminar a los largo de tres paradas del metro –Revolución, San Cosme y Normal— casi cuatro kilómetros. Intento tener más claro el pulso de lo que sucede en mi ciudad, madre de cemento: cementerio.

 

Por la zona caminan, irreales, fantasmales, varios súper héroes –Flash y El Hombre Araña— y personajes de la pantalla chica y grande –La Cenicienta, Mimi y Woody Pride–  para atemperar el dolor de una ciudadanía ante el vacío de los poderes institucionales. Tomo la foto.

Un hombre que los acompaña, magnavoz en mano, invita a donar para entregar dinero y despensas a los afectados de Morelos, “no al gobierno”. Se detienen en las calles Rosas Moreno y México Tacuba.

Hay enojo impotencia, perenes sismos en el alma, de ciudadanos. Hacen comentarios de hartazgo. Alguno de ellos en contra del “supremo gobierno”, término de la época de la Revolución Mexicana.

Existen versiones de que se ha desviado con intereses políticos la ayuda, despensas; que el Ejército Mexicano impide labores de rescate; que hay enfrentamientos entre policías y voluntarios; que por concentrarse en difundir imágenes del rescate en el edificio Rébsamen, se ha soslayado el drama que viven otras zonas; que los japoneses abandonaron las zonas de rescate por la indolencia oficial…

Tengo que poner en el cernidor para saber qué es verdad y qué no. También yerro ante la avalancha de “información” que comparto en redes sociales.

Recibo insultos.

“Pendejo”, me escupe una mujer en Facebook.

Eso sí, hay un abismal vacío de liderazgo, producto de la corrupción e impunidad institucionales, hace casi 90 años. Similar a lo ocurrido hace 32 años. Y se refleja en un comentario en esa red social que se hace viral:

“El presidente (Enrique) Peña Nieto hizo dos actos heroicos: sobrevoló la ciudad de México y apareció ante las cámaras.”

Pocas horas después del primer sismo de este septiembre, el 7, luego de visitar habitantes de las zonas devastadas por el sismo en los estados de Chiapas, Oaxaca y Tabasco, ufano, dice a la prensa nacional e internacional:

“Me dejé querer”.

Pero así ha sido siempre el primer mandatario, ahora en los estertores de su gobierno: insensible.

Una pregunta que leo en la pantalla del celular latiguea mi pensamiento:

“¿Será el 19 septiembre 2017 el despertar de la conciencia del subyugado pueblo de México?”

Ojalá, porque, pienso, es más letal la clase política que los sismos.

 

pumaacatlanunam@gmail.com

tzotzilyaoro@hotmail.com

@kalimanyez

 

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