Pan y Circo

Por Roberto Ramírez Rodríguez
 “Al pueblo hay que darle pan y circo”. Dice la frase.
  Hay quienes aseguran que fue Juvenal, poeta de la sátira, crítico de emperadores y de la sociedad en los tiempos del imperio romano quien, por primera vez, utilizó éste célebre pensamiento mantenido a través de los siglos.
     En su obra literaria, el poeta mostraba su indignación por el comportamiento de sus contemporáneos romanos al rechazar el derecho que tenían de involucrarse en la política. Con esa actitud, los emperadores romanos formalizaban planes para ganar los votos de los pobres; regalaban comida barata y procuraban el entretenimiento gratuito de los habitantes. Actuando así, se dieron cuenta que gobernar con la política de “pan y circo” era lo más efectivo para permanecer en el poder.
      Con ese interés, Julio César, como otros emperadores, mandaba sembrar cientos de hectáreas de trigo que distribuía entre los pobres o lo vendía más barato a familias necesitadas. Además de ofrecer pan y vino organizaba representaciones teatrales o espectáculos en grandiosos coliseos que lo llevaban, ventajosamente, a mantenerse en el poder político a través del populismo.
      Esta antigua fórmula, aún está vigente; actualmente, es aplicada en los procesos democráticos de muchos países que imperan en el mundo. Incluso, a través de la historia, sabemos de gobernantes que, con un poco de pan y mucho circo, han contenido inconformidades sociales por la falta de escuelas, servicios públicos, falta de empleos o por la pobreza arraigada en las comunidades. Protestas ciudadanas acalladas por la presencia de un carnaval, un baile popular con la entrada libre o un evento gratuito para ir a ver al mejor cantante.
      En México, sobre todo en tiempos electorales, la gran diferencia entre los tiempos de los emperadores romanos y los gobernantes democráticos actuales es la transformación técnica y electrónica de la práctica usual del “pan y vino”. Sin embargo, en ambos tiempos, se presenta el mismo fin: mantener el poder político.
      Por ejemplo: los emperadores sembraban trigo para llevarlo en carretones y regalarlo en los pueblos. Pero, los gobernantes actuales, más tecnificados, utilizan camión o tráiler para llevar a las colonias populares miles de despensas bien surtidas de sopas enlatadas, cajas de leche pasteurizada, pastas y otros alimentos envueltos en papel especial. Como antes, los gobernantes destinan notables partidas presupuestales a este proyecto. La oratoria romana que se escuchaba en las plazas populares para conmover y convencer a la gente ha sido permutada por los spots publicitarios de la televisión. En las calles, predominan chistes populares y grandes banquetes que le dan ocasión a la gente de recordar momentos inolvidables al poder brindar, personalmente, con los candidatos.
      Desde Juvenal todo ha cambiado para seguir igual.
      Los tiempos modernos de la tecnología invitan al canje de un tanque lleno de gasolina, para el camión de carga o un taxi, por un voto. Hay robos de ánforas y compras de tarjetas del INE para alterar el voto.
      Abuelos, padres, hermanos y amigos, en general gente mayor, siempre han manifestado su decepción porque los gobiernos en turno sólo le dan al pueblo pan y circo en lugar de escuelas o trabajo. No obstante, en todo ese tiempo, esas mismas generaciones, han externado que da la impresión de que nadie se indigna en México  por recibir panes a cambio de una buena educación o de un digno trabajo. Por lo único que se exaspera la gente es cuando la selección nacional de futbol pierde ante sus rivales.
     No nos indignamos con la educación tan mediocre que están ofreciendo los gobiernos a los niños y jóvenes mexicanos. No nos indignamos por la pobreza que se asentó en nuestro país. No nos indignamos por la desaparición de nuestras costumbres ni por la falta de empleos. No nos indignamos por el consumismo, ni por nuestra dependencia económica extranjera.
    No nos indignamos por la  actitud del INE, Instituto Nacional Electoral, que no le gusta debatir, ni recibir críticas positivas, cuando es lo que debe hacer esa Institución: dialogar abiertamente. Y hoy día, que somos muchos habitantes con modernas instituciones para debatir nuestros problemas económicos, sociales y políticos, aún seguimos metidos en procesos autoritarios que admiten pan y circo a cambio de la palabra sensata.
     

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