Pobre gente de París

Índice Político

Somos únicos en el Universo, ¿quién lo duda?

Raza de bronce, la mexicana se cuece aparte de todas las demás.

Y nos lo confirma apenas el llamado Club de (Países) Ricos, como también se conoce a la OCDE –jefaturada todavía por el compatriota José Ángel Gurría– que en uno de esos sus sesudos estudios y profundos análisis concluye que los mexicanos estamos jodidos, pero eso sí muy contentos.

Ya lo sabíamos. La clase política lo tiene mejor aprendido que ninguna otra. El poco pan y el mucho circo es la fórmula que, década tras década, sexenio tras sexenio, les ha funcionado de rechupete.

Raza de bronce, sí, cuya existencia desmiente a la teoría económica convencional. Sí, a esa que parte del principio de que las personas racionales intentan mejorar su nivel de vida material maximizando sus recursos o ingresos –que son siempre escasos–, utilizándolos eficientemente y haciendo elecciones que, de acuerdo con sus preferencias y los costes de oportunidad, maximicen su utilidad, su nivel de bienestar y por tanto su felicidad.

Y, de hecho, existe abundante evidencia empírica amplia que ha avalado esta idea. En muchas encuestas y contrastes realizados –en otros países, en México no– existe una correlación clara, aunque no fuerte, entre el nivel de ingresos y el nivel de felicidad.

Estas muestran que, en general, las personas más ricas tienden a ser más felices que las más pobres, que las personas empleadas suelen ser más felices que las que no tienen empleo, y que las personas autoempleadas son más felices que las que trabajan para otros.

Pero también las personas jubiladas tienden a ser más felices que las que todavía trabajan y las que trabajan menos horas más que las que trabajan más horas. Estos mismos resultados extraídos de las encuestas individuales suelen replicarse en los países.

Así, aquellos países que crecen rápidamente tienden a ser más felices que los que crecen lentamente o no crecen y, en general, los países más ricos tienden a sentirse más felices que los menos ricos.

Sin embargo, existe también otra amplia evidencia empírica más reciente que matiza estos resultados. La mejora del nivel de ingresos genera mayor felicidad cuando se parte de un nivel muy bajo, pero mucho menor cuando se han alcanzado niveles más elevados. Lo mismo ocurre con los países, en aquellos que son pobres el aumento de su renta les hace ser o sentirse más felices, pero, en los más ricos, sólo en una proporción decreciente que puede llegar a cero.

Jodidos, pero contentos

“En general, los mexicanos están más satisfechos con sus vidas que la media de la OCDE, con el 85% de la gente diciendo que tienen más experiencias positivas en un día promedio (sentimientos de descanso, el orgullo de sus logros, el disfrute, etc) que negativas (dolor, la preocupación, la tristeza, el aburrimiento, etc.) Esta cifra es superior a la media de la OCDE de 80 por ciento”, reza el estudio de marras, tras señalar que el ingreso disponible de las familias es de 12 mil 732 dólares al año, mientras que el promedio de los demás países que pertenecen a ese organismo es de casi el doble: 23 mil 047 dólares.

El doble de ingresos. La mitad de nuestra felicidad.

¿Será entonces que somos inconscientes de nuestra realidad?

¿Conformistas con lo que tenemos, aunque sea menos de lo que merecemos?

Sí es así, entonces, ¡pobre gente de París! donde, precisamente, se ubica la sede de la OCDE. ¡Pobre de Gurría viviendo en medio de la miseria del arrondissement XVI, el de Passy, precisamente!

Ya lo decía Hemingway, justo al final de su libro París era una fiesta:

“Les he hablado del París de los primeros tiempos, cuando éramos muy pobres y muy felices”.

¿Es, ahora, México una fiesta? ¿Por eso somos pobres y felices?

Los resultados del campeonato de futbol –circus, circus– ¿son suficientes para hacernos olvidar nuestra mediocridad, nuestras miserias?

Raza de bronce.

Única en el Universo.

Jodida, pero contenta.

Índice Flamígero: “En un país bien gobernado debe inspirar vergüenza la pobreza. En un país mal gobernado debe inspirar vergüenza la riqueza”: Confucio.

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