Corrupción y Estatuas en Jalapa

Pico de Orizaba south of Xalapa, Veracruz

Roberto Ramírez Rodríguez

La Ciudad de Jalapa, como tantas de México, padece diversos y desastrosos escenarios urbanos, económicos, políticos y sociales, como consecuencia de los desmedidos actos de corrupción e impunidad, protagonizados por gobernantes priistas del presente y del pasado.

Ante este contexto, la ciudad se volvió confusa e irritante. Vive atada a la pobreza, el desempleo y contradicciones urbanas. La población desconfía de sus gobernantes. La violencia en las calles es excesiva; toca la puerta de los hogares. Los sindicatos salen a las calles a protestar por la falta de pagos de sus salarios. Empresarios y universitarios, cada uno por su lado, exigen al gobierno paguen sus cuantiosas deudas. La bandera del dinero, símbolo de nuestro tiempo, ha cambiado el carácter de la gente. Hay desorden en la obra pública: mientras las autoridades municipales pavimentan algunas calles, en otras brotan notables fugas de agua potable y drenaje ocasionadas por viejas y carcomidas tuberías de la ciudad. En la ciudad no hay suficiente agua potable; sin embargo, es notorio el desperdicio del preciado líquido en los hogares, lavado de vehículos, albercas clandestinas y el riego desmedido en jardines.

Los habitantes no pueden transitar libremente por la ciudad; pobre de aquel que camine distraído en las aceras, ya sea por ir pensando en sus deudas, la falta de alimentos para sus hijos o en las medicinas faltantes en hospitales, porque chocará con los materiales de construcción –arena, grava y cemento- regados en las banquetas. Caerá en zanjas abiertas o quedará atorado en los registros sin tapa. Pobre de aquel peatón que tropiece con las abandonadas e inservibles casetas de teléfono, los abundantes escalones o que pise el filo de las banquetas pintado de amarillo aceitoso porque, seguramente, resbalará e irá a dar a media calle.

Hay más: un ligero aguacero puede llenar de agua los baches del pavimento asfáltico de las calles y ser vaciados, al paso de los vehículos, sobre los transeúntes. A través de las décadas, el desnivel histórico de las banquetas originales ha sido permutado por escalones de peraltes de todos tamaños. Volvemos a lo mismo: la nula vigilancia de la obra pública y la falta de cultura vial, nos muestran una ciudad con andadores irregulares recubiertos con materiales resbaladizos, colores diferentes y niveles escalonados.

Jalapa es una ciudad sucia y peligrosa. Vive la crisis económica en medio de la penumbra. A la vista están las lámparas rotas, fundidas y postes flojos peligrosos. El miedo se arraigó en la población. El robo, crimen, asaltos y prostitución, males de nuestro siglo, atormentan a la gente. El pésimo alumbrado público es la queja más recurrente de los vecinos.

Sin embargo, a la luz del día, también hay robos. Robos que no hacen ruido pero que, a la corta o la larga, sus penas serán muy graves. El ejemplo de algunos moradores de robar espacios que le pertenecen a la ciudad se extiende como hierba mala entre la población. Sin permiso oficial, en complicidad con autoridades y constructores, los dueños de los hogares ocupan las zonas de los aleros de sus casas como áreas habitacionales en la segunda planta. Es decir, la gente duerme en sitios salientes sobre las banquetas que nos pertenecen a todos. Por eso, y otras cosas, la gente guarda rencor en contra de los gobernantes que actúan en contra de la ciudad.

Resumiendo: en Jalapa, la Ciudad Capital del estado de Veracruz, no hay calle sin bache ni nombre que la distinga; no hay banquetas sin escalones, ni registros bien tapados. Distinguen a la ciudad el abandono urbano, casetas de teléfonos deterioradas, poste de luz recubiertos de propaganda, basura tirada en las esquinas de las calles y un pésimo alumbrado público.

En la ciudad, hay estatuas de extranjeros, periodistas, profesores y escritores, levantadas donde mejor se acomoden. No tienen un lugar especial. Pero, las que más llaman la atención son las dedicadas a los políticos priistas que representan el pasado, levantadas en camellones y jardines. Entre ellas, está la de Miguel Alemán Valdés, veracruzano y presidente de la República, considerado por los historiadores como uno de los políticos más corruptos en la historia del país. El monumento es grande como la misma corrupción que se extendió por todo México durante y después de su gobierno. Al contrario de esta estatua, está la del otro veracruzano y también presidente Adolfo Ruiz Cortines, calificados por la historia como un hombre honesto. Hay otras, entre ellas, la de Hernández Ochoa, situada al filo de un camellón de la ciudad. Siguiendo la vialidad actual, la figura bronceada del ex gobernador le da la espalda al automovilista; es decir, en lugar de mostrarnos el frente de su cuerpo y rostro lo que vemos es su espalda y su región glútea. Hay más monumentos; algunos sólo levantados en la mente de muchos políticos que soñaron con ver su imagen vaciada en bronce en una plaza o en una avenida de la ciudad; sin embargo, no les dio tiempo y llegó el olvido.

Todas estas figuras garbosas de políticos, plantadas en el campo y las ciudades permitieron, en su época gloriosa, el desarrollo de la semilla de la corrupción e impunidad que ha florecido en todo su esplendor en el país. Hoy día, el crecimiento desmedido de la población las envolvió, provocan caos vial, sobre todo cuando los priistas les cantan las mañanitas el día de su santo.

Las familias jalapeñas se duelen de ver todos los días las estatuas de los políticos que nos heredaron la mala economía, pobreza y desempleo; cuando las ven se irritan como sucede con la enfermedad contagiosa que mientras más se rasca uno más duele. Con el escándalo floreciente del duartismo la gente canta a las estatuas del pasado: no quiero verte más pero ahí estás inerte después del daño que nos causaste. El tiempo en la cual te aplaudí fue un tiempo perdido.

       Si nuestras autoridades lanzaran la iniciativa de que nunca más la efigie de un político veracruzano fuera fundido en bronce y que las actuales estatúas, sombrías, estorbosas, mal hechas y símbolos de corrupción, fueran demolidas, los moradores vivirían felices; escucharíamos cantos esperanzadores.

 

 

       

 

 

 

 

 

 

 

 

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