La pluma y la espada

Preferible reír que llorar: la Contraloría General del Distrito Federal busca que con la difusión y firma de una carta – según esto entre otras acciones -, los servidores públicos del gobierno capitalino cumplan con su deber y eviten la corrupción.

Ahora resulta que se quiere combatir al monstruo de la corrupción más con la pluma que con la espada. Ya ni la prensa.

La mentada carta no tiene implicaciones legales, pero les recuerda a los funcionarios obligaciones y sanciones previstas en la ley. Hasta fue publicada en la Gaceta Oficial del Distrito Federal y en ella se enlistan las conductas a observarse, tales como no solicitar ni aceptar «beneficios adicionales a mi contraprestación», o sea, no aceptar sobornos.

La carta de por sí me parece increíble. Y tener que firmarla inútilmente más.

Se dice que esta es una de las grandes acciones del Plan contra la Corrupción que emprende el órgano sancionador del DF, que en esta primera etapa abarca sólo al personal de estructura que son secretarios, coordinadores de área, directores generales y asesores, pues el personal de base y sindicalizado entrará en fase posterior.

Pero no creo que esa carta sirva para lo que dicen, sino más bien para algo que ya es una obsesión gubernamental: el lavado constante de la imagen.

Dudo que la mayoría de los capitalinos crean que esa carta sirva para algo, y creo que hasta pueden sentirse insultados en su inteligencia, teniendo en cuenta que son los más críticos e informados del país. Es como cuando Televisa dice que tiene un código de ética. Y lo tiene, pero nomás sirve para prender un boiler.

Un simple papel de esos no puede curar ningún mal. Está hecho sólo para darse baños de pureza, o dárselas de santos. No me va a extrañar un día ver montones de esas cartillas tiradas en la basura tal y como salieron de la imprenta.

El asunto se puede ver desde otro punto de vista: desde hace ya mucho tiempo los gobiernos de este país -el federal, el capitalino, los estatales- se han vuelto hipersensibles en lo que hace a su imagen. Eso se debe a que hay todo un contexto de casos en realidad nimios, que al salir de proporción han hecho tambalear grandes reputaciones, pero sobre todo la imagen de políticos y gobernantes.

El caso más reciente es el de Lady Profeco, que logró no sólo dañar el prestigio de esa institución sino que sirvió para recordarnos que la Secretaría de la Función Pública sigue estando ahí para no servir de nada. En una cosa tan sencilla como renunciar a un funcionario de octava, el propio Enrique Peña Nieto comenzó por enredarse en sus propias agujetas para al final reconocer lo obvio, a través de la Secretaría de Gobernación: que la imagen de la institución se había dañado.

Acaso ahora la carta de la otra contraloría, la capitalina, pretenda prevenir un evento de esos. Y por ello recuerda a los funcionarios cosas obvias como el que no deben identificarse o pretender ejercer como tales cuando ya no estén en el desempeño de sus funciones; o la de asumir el compromiso de no caer en conflicto de intereses.

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