Mister Trump, el mal vecino

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Por  Roberto Ramírez Rodríguez

Se dicen vecinos los habitantes que viven en la misma ciudad o en el mismo barrio. Los que viven en el mismo Estado o en las naciones con la misma frontera. Sin embargo, en sentido estricto, un vecino o vecina es una persona que vive cerca de otra, en casas contiguas, separadas sólo por un muro pero unidos amistosamente.

Hoy día, con el sentido universal de la globalización, los estadounidenses dicen que todas las naciones de este mundo, no importa que tan lejos o cerca estén de otras, con comercios deslumbrantes y finanzas poderosas, no sólo son vecinos sino más que eso, son hermanos. Sin embargo, el mundo se ha transformado: el espíritu de hermandad global provocó que barrios y ciudades del mundo se llenen de vecinos buenos y malos.

Estados Unidos y México, como otras naciones del mundo, son países vecinos. En el país poderoso del norte sigue viviendo, como símbolo, el recuerdo del gringo histórico que trasmutó su personalidad agresiva por los magnates, protegidos por un ejército imperial, que todo lo que tocan lo convierten en oro. En la frontera sur de Estados Unidos se encuentra la pobre nación mexicana, dependiente económica, comercial y política del país rico. La zona fronteriza que separa a ambos países está compuesta en parte por un largo río, puentes por donde entran o salen estadounidenses y mexicanos con sus pasaportes respectivos. La línea fronteriza tiene un muro inconcluso y una zona desértica y árida que enmarca la frontera.

Por esa prolongada franja muchos migrantes mexicanos han cruzado ilegalmente la frontera norte en busca del territorio del “sueño americano”, con la esperanza de convertirse en soberanos del metal amarillo. Cada migrante ha dejado atrás la tierra mexicana donde los sueños se convirtieron en quimera. Estos hombres cuentan su historia. La misma de los 11 millones de mexicanos que alcanzaron la tierra del yes, el okey, el good morning, caminando a través del desierto, nadando en el largo río o cruzando, como topos, largos túneles hasta salir al territorio capitalista.

Durante muchas décadas, los presidentes de ambas naciones se han reunido, en uno u otro país, con agendas comúnes para resolver el problema migratorio o inaugurar obras de beneficio social para las dos naciones. Sin embargo, la globalización y los Tratados Comerciales, proyectos mundiales -políticos, económicos y comerciales- que los mismos estadounidenses lanzaron por el mundo para enriquecer a poca gente y empobrecer a mucha, han provocado el aumento de la migración, no sólo de México sino de Centro América, América del sur y otros países, con rumbo al imperio, nuestro cercano vecino que históricamente nos ha traído pesares, agravios y abusos.

La frase de doce palabras, pobre México tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos, que se le acredita a Porfirio Díaz, quien gobernó a México durante 30 años, pero que realmente fue escrita por Nemesio García Naranjo, intelectual regiomontano y colaborador por muchos años de la revista Siempre, hoy día tiene vigencia. Independiente del origen que este pensamiento pudiera tener, las doce palabras se han convertido a través de los años en el lamento nacional de nuestro país por el fatalismo de su ubicación geográfica y por los problemas vecinales del pasado, el presente y el porvenir que ya se avizora.

Actualmente, el país de norte, se encuentra en el proceso electoral para elegir al próximo presidente de los Estados Unidos. La lucha es entre el magnate Trump del partido republicano y Hilary Clinton del partido demócrata. En unos días más, ambos candidatos pasarán a la etapa de los debates que, obviamente, definirá la victoria de alguno de los dos candidatos pues la lucha electoral está cerrada. Pero no nos confundamos: los dos candidatos pertenecen al imperio poderoso. Forman parte de él. De ese lado de la frontera la mayor parte de los ricos no son sinceros.

Mientras esto sucede, y la historia va corriendo, la nación mexicana está sumida en su lucha contra la pobreza que, de acuerdo con los analistas políticos y la percepción popular, la está perdiendo a pesar de los comedores populares instalados en diversas regiones del país y becas estudiantiles. Pero no sólo está perdiendo el combate contra la pobreza sino también contra la corrupción y la violencia que siguen siendo amenazas para evitar el desarrollo del país. Además, las reformas, entre ellas la educativa, se encuentran a la deriva. No han servido. Pero, además, en México pasó algo inusitado que nunca había pasado. Los dos candidatos a la presidencia de Estados Unidos recibieron la invitación del presidente Peña Nieto de viajar a la Ciudad de México para discutir, como buenos vecinos, la idea de Trump de construir un muro “alto y hermoso” en la frontera de México y Estados Unidos, con el fin de resolver el problema migratorio.

En principio, la invitación del presidente mexicano fue considerada como un error político de graves consecuencias para la nación mexicana. No se cuidaron las formas: el que invitó es un presidente soberano y los dos invitados son apenas candidatos del imperio poderoso. Sin embargo, esta iniciativa mexicana confirma la penetración política, financiera y comercial, del país fuerte sobre el débil en un mundo al que los poderosos llaman sin fronteras.

Mister Trump aceptó la invitación. Hilary la rechazó.

El recibimiento parecía un acto preparado con antelación. Antes de la llegada del magnate Trump -con su característico peinado, lacio y güero, caído sobre la frente- durante su estancia, incluso frente a Peña, y después de su visita, el candidato republicano calificó a los mexicanos como criminales y violadores. Por esa razón, comentó, su insistencia en la construcción de un muro entre México y los Estados Unidos para mayor seguridad en ambas naciones, frenar la inmigración ilegal y el flujo de armas. Con esa opinión, trató de mostrar a sus partidarios desde México y frente al presidente Peña, la solidez de sus opiniones y su política de desprecio hacia México y todo lo que parezca mexicano.

Mister Trum actúa como presidente y no lo es. Como candidato se atreve a discutir con Peña el pago de los mexicanos por la construcción del muro. Amenazó: paguen el muro o congelo remesas o deportamos a los mexicanos ilegales que viven en Estados Unidos. Peña Nieto no es un candidato es el presidente de los mexicanos.

Mientras Trump exigía, los mexicanos veíamos con asombro las desordenadas explicaciones de nuestro gobierno ante el actuar del candidato que insultó y que está claro que no quiere a México. Lo que no podemos hacer es, en principio, seguir simulando que estamos viviendo normalmente, como si nada pasará en el país y, después, apoyar la candidatura de Mister Trump que es un mal vecino.

Es decir, no podemos ni debemos permitir que un candidato de un país extranjero, invitado de honor del gobierno mexicano, nos venga a insultar como lo hizo durante, antes y después de su visita, como lo ha registrado la prensa internacional. No podemos ni debemos permitir el silencio ante la provocación, insultos, desplantes y amenazas de Mister Trump que trajeron como consecuencia el estremecimiento del gabinete de Peña, renuncias de funcionarios y un escándalo global que, incluso, opacó la fiesta del informe del presidente mexicano.

 

 

 

 

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