El Mundo de las Abejas

Abejas -colmena

Roberto Ramírez Rodríguez

En mi casa hay un panal de abejas. Es enorme; más que el tamaño de un balón de futbol. Su color es el de la tierra seca. Está colgado de la larga rama de un inmenso árbol. Viéndolo desde abajo parece un planeta con sus montañas, cerros y valles, suspendido en el espacio. Tiene una abertura encumbrada como el cráter de un volcán; por ahí entran y salen, al mismo tiempo, diminutas abejas que parecen hormigas con alas. Cuando llueve no salen a trabajar. Sin embargo, en tiempo soleado, desde que sale el sol hasta antes de oscurecer, no paran de trabajar.

En las mañanas, las constructoras de su hábitat fantástico, con celdillas y talleres, bajan a toda velocidad en busca de un jardín lleno de flores; dan vueltas alrededor de él como cortejándolo y después se posan de flor en flor. Regresan rápido, sin distraerse, y nuevamente se meten a la boca del panal. Creo que estos insectos no deben tener problemas alimenticios mientras exista a su alrededor el polen de un jardín floreciente.

Pero, ¿qué pasa cuando hay mucho calor dentro del panal? Hace unos días, la respuesta la obtuve leyendo el libro La Vida de las Abejas de Maurice Meterlinck, premio nobel de literatura en 1911. Maurice asegura en su libro que, a una orden de la reina, todas las abejas aletean al mismo tiempo para producir, como lo hace un ventilador, un clima propicio dentro del panal y seguir trabajando. Sin embargo, cuando hace mucho frío, la reina ordena: cerrar con barro seco el agujero por donde entran y salen al mismo tiempo.

Los guardianes del ejército de la reina se ocupan de que las ordenes de la soberana se cumplan; están atentos de las agresiones que pudieran sufrir de manos de algún intruso irresponsable. La picadura de una abeja, como lanza en ristre, puede producir trastornos físicos y sicológicos a quien los agrede y, si son varias las abejas que defienden su territorio, las ronchas que dejan durante su defensa pueden ocasionar hasta la muerte del o los extraños entrometidos.

Es difícil conocer a la soberana porque tal parece que no le gusta mostrarse ante la gente, pero, desde luego, por sus actos deducimos que es una buena reina; sin embargo, los estudiosos de las abejas, que la conocen bien, admiran el sentido que tiene de la orientación, la tenacidad en el trabajo y la fidelidad a la comunidad. Es decir, cuida de la producción de su trabajo, la dulzura de la miel y la luz, produciendo cera para que el hombre alumbre con velas su camino.

Desde Virgilio hasta Einstein, desde luego, pasando por Darwin, y otros sabios, las costumbres de estos maravillosos insectos han dado margen a observaciones y reflexiones que inspiran simpatía y admiración de quien las estudia. En los versos de Virgilio, observador de las abejas, aparece este pensamiento: “Algunos dicen que en las abejas hay una parte de la mente divina y del espíritu etéreo”.

Darwin escribió: “Dios mío, es insufrible pensar en gastar toda la vida de uno, como una abeja, trabajando, trabajando y nada más. No, no lo haré nunca”. Además, en su libro inmortal El Origen de las Especies, Darwin, en el capítulo dedicado a las abejas, glorifica el nombre de la reina. Afirma que “mientras más nos esforcemos en explorar los misterios que rodean a las abejas, más insondable será el abismo de lo que ignoramos de ellas”. Esta reflexión nos lleva a pensar que vale más preguntarse ¿qué es la vida? que escribir un capítulo sobre las colmenas.

“Si las abejas desaparecieran del planeta, al hombre sólo le quedarían cuatro años de vida”. Con este pensamiento, atribuido a Albert Einstein, explicaba: sin abejas no existe polinización y, sin ella, no hay reproducción en las plantas; sin plantas no hay alimentos para los animales vegetarianos ni para quienes se alimentan de ellas. Nosotros, los seres humanos, estamos dentro de esa cadena alimentaria y, para comprender este ejemplo a la perfección, es necesario conocer a los seres vivos. Es decir, el ser humano, durante muchos siglos, ha desaparecido miles y miles de especies a través de la construcción de ciudades, industrias, calles, iglesias y campos de distracción. Ha talado selvas y bosques convertidos, posteriormente, en tierra cultivable. Con esta actitud destructiva, olvidándose de la regeneración de las especies que viven en la tierra, ha cambiado el clima del mundo y se ha provocado el calentamiento global. Que las abejas desaparezcan es, sin duda, consecuencia de esto, como también de la desaparición de otras especies que no mencionó Einstein.

Ahora que los libros nos han dicho todo sobre la vida de las abejas y su historia antigua, conviene analizarlas y defenderlas con argumentos sólidos porque son la razón de nuestro existir. Si las observamos, estos animalitos nos enseñarán cosas quizás más vivas y fecundas que hayamos visto jamás. Maurice Materlinck, galardonado de la literatura y amante de las abejas, se pregunta en su famoso libro: es lo de las abejas un instinto que las ha llevado a la innegable perfección, o es inteligencia, en el sentido que atribuimos los hombres a esta palabra, de la fuerza mental de quien las dirige: una buena reina.

En México, no se respeta a las abejas, ni se considera el sentido de la orientación de la reina, ni la tenacidad en su trabajo, ni se considera la producción a favor de los destinos del hombre. No, nada de eso. Sólo interesa el negocio como país capitalista que es. Hoy día, en nuestro territoro, hay voces de alarma entre apicultores y defensores de las abejas: miles de ellas están abandonando sus panales para no regresar jamás. Se han convertido en animalitos errantes con sus lanzas doblegadas ante la realidad que vivimos. Desaparecen colmenas. Algunos investigadores atribuyen este fenómeno al uso desmedido e irresponsable de agroquímicos o insecticidas para combatir las plagas de varios cultivos. Envenenan la tierra. Otros, aseguran que el escape y la muerte de las abejas es por el cambio climático o el envenenamiento del aire y de la tierra. Unos más aseguran que pronto vendrá el colapso de las colmenas sin que los gobiernos hayan tomado medidas científicas para protegerlas que también es, sin duda, proteger a la humanidad.

 

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