Con Trump; regreso al pasado

trump-e14b

Roberto Ramírez Rodríguez

El Partido Republicano de los Estados Unidos ha sido, a través de la historia, una organización peligrosa para la humanidad; en las últimas décadas ha postulado a presidentes intervencionistas, belicosos y guerreros, como, Eisenhower, Nixon, Ford, Reagan, los dos Bush y Donald Trump. Éste último, el actual presidente electo, durante su campaña electoral, sorprendió a los electores con discursos agresivos utilizados por republicanos del pasado remoto.

El magnate, rompió esquemas tradicionales de las ordenanzas político-electorales de la nación norteamericana. En cada discurso que hacía impactaba a la gente: ocultaba la verdad entre utopías, quimeras u ofuscación. No utilizó la táctica de cambiar su imagen física para atraer al votante; ni coloreó sus chapas, ni se peinó diferente, ni siquiera se hizo una pequeña intervención plástica pensando que con ella jamás envejecería. No llenó auditorios para presentar su currículum o explicar novedosas ideas para acabar con el desempleo.

Nada de eso hizo, sin embargo, despertó sospechas por su rotunda negación a defender el cambio climático del planeta o por su postura política del uso irracional de las armas nucleares. A estas alturas, Trump debe estar metido en el embrollo de una cruel realidad: el estudio de los presupuestos raquíticos que le deja su antecesor para atender a la población norteamericana que crece mucho y desorganizadamente.

Durante su campaña, el republicano no encajó en la costumbre ancestral de actuar en la política tradicional; decía que el pensamiento de un aspirante a la presidencia debería ser firme. Es decir, no pensar en una cosa durante la precandidatura, cambiarla en la candidatura y transformarla ya como presidente. Eso es mentir. Perturba al ciudadano. Un aspirante presidencial debe mantener, en todas las etapas, su ideario político ante la gente.

El negociante Trump no cambió su modo de pensar ni de actuar durante su campaña: la inició y concluyó con el mismo discurso y el mismo copete caído sobre la frente. En cada lugar adonde asistía hablaba de sus experiencias como empresario. Sus sueños republicanos siempre estuvieron encapsulados en la estructura del capitalismo brutal que genera diferencias económicas profundas en la población, beneficiando económicamente a unos cuantos.

Donald, alto, fornido, güero y de mente corta, es el prototipo de la raza blanca en su país. Todo lo que expuso durante la campaña lo traía adentro como si lo hubiera aprendido de memoria: al pie de la letra soltaba el pensamiento duro y cruel de sus antepasados republicanos. Con sus palabras, trataba de levantar el ánimo y los valores morales en decadencia de la sociedad norteamericana. En cada planteamiento trataba de convencer a su propio yo de que los impulsos malignos estaban afuera y no dentro de su ser. Yo soy yo, decía sin decirlo. Ser yo, luego yo y siempre yo, es la base psicológica del racismo de Trump.

En los comicios del pasado 8 de noviembre no sólo resultó un nuevo presidente sino también el despertar del odio dormido de la población norteamericana. Hoy día, la población estadounidense está dividida.

Cada vez que el magnate hablaba se remontaba al pasado. Con esa actitud, hizo que la gente recordara la época del inicio del imperialismo norteamericano cuando asesinó indios apaches para apoderarse de sus territorios. En ese tiempo, los apaches recibieron adjetivos perversos de parte de los personajes dominantes de la raza blanca que contaminaron el ambiente social y humano de aquella época. Decían que los indios eran salvajes, pieles rojas, miserables, sedientos de sangre y asesinos. Las inmorales mentes puritanas que fundaron la nación estadounidense decían que el adjetivo piel roja venía del diablo por el color rojo. Rojo como el color rojo de la estafeta del imperialismo norteamericano que traspasó fronteras por el mundo hasta llegar a los rojos comunistas mexicanos del siglo XX.

A propósito, a manera de involución o de regreso al pasado, Trump presentó el proyecto de construir un enorme muro fronterizo que sería como una vacuna para salvar a su imperio del contagio de la maligna raza mexicana y de todo aquello que pudiera enfermar al hombre blanco -el cara pálida de la historia- que cercó a los indios eternamente en su propio territorio. Tras el encuentro del presente y el pasado, el presidente electo afirmó que la raza mexicana es perezosa, salvaje y hostil a la influencia de la civilización.

Sin negarlo ni desmentirlo el acaudalado negociante, evasor de impuestos, hoy presidente, se congratula del festejo del Ku Klux Klan, el grupo ideológico extremista más activo de los Estados Unidos, que celebrará en unos días la victoria de Trump con una quema de cruces.

Actualmente, un gran porcentaje de la población mundial está llena de temor por lo que pueda pasar a los latinos, afroamericanos, musulmanes, judíos y asiáticos, durante la regresión al pasado, donde pueden encontrarse muchos ejemplos de hechos históricos violentos del imperialismo norteamericano, en donde ha salido victorioso el hombre de raza blanca del partido republicano.

 

 

 

 

 

 

 

Etiquetas:, , ,

Añadir un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.